Un buen día de Junio todo el instituto nos fuimos de excursión a un caserío de la zona profunda de Guipúzcoa. Cuando llegamos allí, vi un viejo gallinero que me llamó mucho la atención, no sé si fue por eso o qué, pero me dio por entrar.
Allí estaba yo entre gallos y gallinas. Una gallina se movió hacia mí y las demás la siguieron. Todas menos una. Aquella que no se movió me miraba como si me estuviera echando un maleficio.
En aquel momento el dueño me gritaba no sé qué cosa, que yo intentaba oír, pero no podía apartar la mirada de la gallina.
Entonces en aquel momento se desprendió una viga del tejado dejándome inconsciente.
Ya en el hospital desperté y mire mis piernas. Se habían convertido en patas de gallina. Me desplomé del susto, y al recobrar el conocimiento me llevaron a casa.
Al cabo de unos meses, en la cama me entró un fuerte dolor de estomago seguido de un escalofrió, me levanté corriendo, y allí estaba él, mi sucesor, encerrado en una fuerte cáscara blanca.
